jueves, 7 de abril de 2016

Las adicciones comportamentales o adicciones sin droga

Las adicciones comportamentales o adicciones sin droga son una realidad cada vez más importante y, también, preocupante. Por ejemplo, la televisión, la "caja tonta" como la llaman algunos con tono sarcástico, se ha convertido en un elemento adictivo para muchas familias, y lo que todavía es peor, a veces, muchas veces, la única fuente de información disponible.

En torno a la televisión, además de ver algún que otro programa, también se come con la familia, se toma un café con los amigos, se hace punto en las tediosas tardes de invierno, se escribe una carta a ese amigo lejano y con el que siempre quedamos mal, se ojea el periódico compartiéndolo con el programa de turno, se echa una siesta placentera y estimulada por lo aburrido de la programación, se piensa en las actividades del día siguiente, e, incluso, con el sonsonete de fondo que la televisión produce, se puede establecer también una animada discusión sobre la carestía de la vida, el hambre en el mundo, o el incremento del índice de precios al consumo.

Si ustedes son un poco observadores estarán de acuerdo conmigo en que el televisor ocupa en la mayoría de nuestros hogares un lugar claramente destacado, excesivamente destacado. A veces, es como si la vida de toda la familia girara en torno al aparatito de marras, que lo hemos convertido en el “santa sanctórum”.

No es inusual llegar a casa, dejar la ropa de abrigo y, como si de un reflejo condicionado se tratara, conectar el televisor. Su presencia y compañía para algunas personas resulta absolutamente necesaria. Casi imprescindible diría yo. No sería exagerado afirmar que “dependen emocionalmente” en gran medida de la televisión. Es su droga, una droga que no se ingiere, que no hace falta ir a comprar, pero que es capaz de provocar una dependencia a veces tan tiránica como la que producen las "otras" drogas, las llamadas drogas químicas o sustancias de abuso.

Y es que, aunque cueste creerlo, hay dependencias producidas no por sustancias químicas sino por determinadas conductas. Son lo que los médicos psiquiatras llamamos Adicciones Comportamentales. Un compañero nuestro, excelente psiquiatra y gran investigador que se ha dedicado ha estudiar el tema con detenimiento las llama “Adicciones sin droga”. Si me lo permiten, vamos a reflexionar sobre los tipos de conductas que también pueden “perjudicar seriamente la salud”, y lo que todavía es peor, complicarnos la existencia nuestra y la de nuestras familias hasta límites insospechados.
 
La televisión, Internet, el sexo, las compras, los juegos de azar o los llamados deportes de riesgo, serían solo algunos ejemplos de este tipo de comportamientos capaces de producir en los casos más extremos, un perjuicio grave para la salud de la persona que los realiza y, en ocasiones, también, para su entorno familiar y social.

Ver cómodamente la televisión en compañía de la familia al acabar nuestra ajetreada jornada laboral; introducirse por las interesantes páginas de Internet buscando un dato necesario para el trabajo que tenemos que presentar en nuestro despacho; hacer apasionadamente el amor con nuestra pareja en un precioso apartamento de la sierra; o comprar lotería de Navidad, esa que nunca toca pero que siempre nos crea enormes expectativas, son conductas no sólo normales sino incluso positivas para la salud mental. Si no fuese así, todos los seres humanos estaríamos de una forma u otra enfermos. Todos seríamos adictos a algo y, en consecuencia, todos estaríamos dolientes de una u otra manera.

Cuando los médicos hablamos de “adicciones comportamentales” nos referimos a una serie de conductas que limitan, restringen o anulan la libertad de la persona, y las consideramos en consecuencia enfermedades siempre que arrastren tiránicamente a la persona a una práctica abusiva y desordenada, poniendo en peligro su armonía y equilibrio personal, familiar, social o laboral.

En nuestro país por ejemplo se juega mucho, y sino presten atención a algunos de los datos que manejamos. Se calcula que entre un 60% y un 80% de la población practica habitualmente juegos de azar. Un 12% jugaría de forma excesiva. Y un 3% aproximadamente serían personas claramente enfermas por el juego. Dicho de otra manera, en España tendríamos un millón y medio de personas que tienen problemas serios con el juego o sufren esta enfermedad. Los datos son obstinados y señalan con meridiana claridad como un comportamiento, que en principio es inocuo, puede llegar a convertirse en una enfermedad y alterar sensiblemente la vida de quien la padece. Algo parecido a lo que ocurre con el juego puede llegar a suceder con otro tipo de comportamientos o de conductas. Describamos alguna otra situación. Por ejemplo, la adicción al sexo.

La persona adicta al sexo practica la sexualidad de forma patológica, insistente, obsesiva. No como una forma de obtener una gratificación sexual o como un complemento del afecto y del amor, sino como un ritual compulsivo, reiterativo y sin control. El adicto al sexo tiene una necesidad imperiosa de consumar prácticas sexuales con personas anónimas, y además tiende a hacerlo de forma mecánica y casi siempre poco o nada satisfactoria. Los contactos sexuales se producen habitualmente de forma fugaz y con personas distintas y desconocidas. Se podría afirmar que el adicto al sexo realiza más una manipulación del cuerpo de la otra persona que una relación sexual como se suele entender habitualmente. Una vez que ha consumado el acto, aparecen frecuentemente sentimientos de culpa y autoreproches intensos que, sin embargo, no van impedir un nuevo contacto sexual en un intervalo de tiempo más o menos corto.

El denominador común de este tipo de alteraciones es siempre la pérdida de la libertad y del autocontrol. En las adicciones comportamentales como dicen los estudiosos del tema hay un desequilibrio entre lo que “podemos hacer”, lo que “debemos hacer” y lo que “queremos hacer”. Es decir, entre los saberes o capacidades, las normas o frenos y los impulsos o deseos.

En el momento actual, la ciencia médica y la neurofarmacología es capaz de proporcionar soluciones, aunque sean parciales, a este tipo de problemas. Soluciones, que con todos los peros y limitaciones que se quiera, permiten reducir muchos de los síntomas, disminuir el sufrimiento personal y familiar y sobre todo facilitar la aplicación de terapias psicológicas que, sin lugar a dudas, son absolutamente necesarias y prioritarias en estos problemas.

Que duda cabe que tomar una o varias “pastillas” no nos libera de una adicción, ni tampoco es capaz de cambiar la forma de ser de nadie, pero sí puede ayudar a corregir una impulsividad desmedida, paliar una afectividad patológica o reducir una ansiedad desproporcionada e incapacitante.

Un tratamiento farmacológico correctamente prescrito y adecuadamente seguido, puede ser a veces un primer paso, pero también un importante paso, para recuperar el autocontrol que el adicto ha perdido. Más adelante habrá que iniciar un cambio más profundo en la forma de pensar, de sentir y de interpretar la realidad. Habrá que intentar modificar incluso la estructura de la personalidad y desandar el camino andado, para conseguir superar las barreras y alcanzar la libertad que la adicción ha mermado.

Fuente: La Voz Libre

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